En Gandia y en La Safor, la soledad, un duelo o la jubilación pueden abrir un vacío silencioso que empuja a buscar alivio rápido: alcohol, pastillas, apuestas o aislamiento digital. No es debilidad, es dolor sin acompañamiento. En Mosaic queremos ayudarte a identificar señales a tiempo y a sostener a quien lo necesita. A veces, una llamada cambia un destino.
Hay silencios que pesan más cuando cumples 50, 60 ó 70. Desde Mosaic, en Gandia y en la comarca de La Safor lo vemos a menudo: personas que han sostenido una familia, un trabajo y una vida entera… y, de repente, se encuentran con un cambio brusco que no habían previsto. La jubilación llega y, con ella, el reloj se queda “demasiado vacío”. Un duelo aparece sin avisar. O la soledad se instala poco a poco, sin hacer ruido, como quien deja una luz encendida en una habitación que ya nadie usa.
Cuando cambia la rutina, también cambia el equilibrio emocional. Y ahí está el riesgo. No porque alguien “quiera” caer en una adicción, sino porque busca alivio. A veces empieza con una copa “para dormir mejor”. O con un ansiolítico que se alarga más de la cuenta. O con las apuestas online “para entretenerse”. O con horas de pantalla que sustituyen conversaciones reales. El problema no es el gesto puntual: es cuando ese gesto se convierte en refugio obligatorio. Cuando la persona ya no elige, sino que necesita. Y entonces la adicción deja de parecer una palabra lejana y se convierte en una realidad cercana, cotidiana.
En esta etapa de la vida, el duelo puede ser un disparador. Perder a una pareja, a un hermano, a un amigo de siempre, o incluso perder la salud o la autonomía, remueve todo por dentro. La tristeza se mezcla con el miedo, y el mundo puede sentirse más pequeño. También la jubilación, aunque sea un logro merecido, puede activar un vacío inesperado: “¿y ahora quién soy si ya no trabajo?”, “¿dónde está mi lugar?”, “¿para qué me levanto?” Cuando faltan proyectos, vínculos y movimiento, la mente busca una salida rápida, algo que calme. Y las sustancias o conductas adictivas ofrecen precisamente eso: un descanso inmediato, aunque después pase factura.
Lo difícil es que, en mayores de 50, muchas señales se confunden con “cosas de la edad”. Se normaliza el aislamiento, se minimiza el ánimo bajo, se justifica el consumo porque “no hace daño a nadie”. Pero hay alarmas que merecen atención: si alguien deja de quedar, si se enfada cuando no puede beber o tomar pastillas, si ya no disfruta de lo que antes le hacía ilusión, si su economía se desordena, si evita hablar de cómo está, si duerme mal y se apaga por dentro. A veces la primera pista es una frase sencilla: “No me apetece nada”.
Por eso este texto no es solo para quien lo lee: es para su entorno. Para ti, que quizá piensas en esa vecina que antes bajaba a la plaza y ahora ya no. Para ese tío que se jubiló y dejó de salir. Para esa madre que se quedó viuda y se ha ido cerrando. Para ese amigo que, sin decirlo, parece que está perdiendo el norte. Revisar nuestros contactos, llamar, quedar para un café, proponer un paseo por Gandia o una actividad en La Safor… puede ser más importante de lo que creemos. A veces, una conversación a tiempo cambia un rumbo.
En la Associació Mosaic, acompañamos procesos de recuperación y reinserción, también cuando la soledad, el duelo o la jubilación se convierten en terreno sensible. Y lo hacemos con algo que nunca falla: presencia, comunidad y segundas oportunidades. Si te preocupa alguien cercano, no esperes a que “toque fondo”. Habla, pregunta, escucha. Y si quieres ayudar de verdad, súmate al voluntariado de Mosaic. Porque combatir las adicciones no es solo cosa de quien las sufre: es una tarea colectiva. Y cuando una persona se siente acompañada, la esperanza vuelve a tener sitio.