REALITZAT PER L’ALUMNAT DE GRAU EN COMUNICACIÓ AUDIOVISUAL UPV GANDIA:
– Júlia Zijian Calabuig Gascón.
– Rocío Jiménez Soler.
– Sheila Jover Guerola.
– Pablo García Cogollos.
– Zhen Hao Li.
– Karla Linares Bello.
– Helena Martí Valero.
– Carla Morant Clari.
– Marc Antonio Oltean.
– Sara Rodríguez Ballesteros.
– Paula Tornero López.
GRÀCIES PER HAVER-NOS FET AQUEST REGAL!

Ayer, Laura Vayá Escandell nos regaló este diseño como imagen para la nueva vivienda Alba. 
Laura, desde la asociación Mosaic te agradecemos este regalo que representa muy bien el alma del nuevo proyecto.

JOSÉ JUAN I ANA HAN ESTAT COMPARTIT LES NOVETATS DE L’ASSOCIACIÓ MOSAIC AL PROGRAMA MAGAZIN TS DIMARTS, DE TELESAFOR.

vivienda de apoyo al tratamiento y la inclusión social

La Asociación Mosaic es una asociación sin ánimo de lucro situada en la localidad valenciana de Gandía.  Fue creada en 1996, para responder a una necesidad de atención para las personas drogodependientes de la zona.

Un grupo de mujeres de la localidad vieron necesario realizar un trabajo de acompañamiento de las personas drogodependientes al centro de día Proyecto Hombre de Valencia.

Con el tiempo consiguieron un lugar para reunirse en el Palau Ducal de Gandía, por lo que empezaron a realizar las primeras terapias de deshabituación en la localidad.

El voluntariado es una parte imprescindible para nuestra entidad. Sin ellos nuestros programas no podrían llevarse a cabo.

Si estás interesado/a en ser voluntario o voluntaria puedes dejarnos tus datos a través de este formulario y nos pondremos en contacto contigo.

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Mitos sobre la adicción al juego: falsas creencias que dificultan pedir ayuda

La ludopatía puede avanzar en silencio mientras se mantiene la sensación de que todo está bajo control. Identificar las falsas creencias que rodean al juego es clave para detectar señales de alerta, comprender mejor esta adicción y favorecer que la persona afectada o su entorno puedan buscar apoyo antes de que el problema se agrave. En MOSAIC, ofrecemos información, orientación y acompañamiento para dar el primer paso.

 

La adicción al juego, también conocida como ludopatía o trastorno por juego, no siempre empieza de forma evidente. En muchos casos, comienza como una actividad ocasional, social o aparentemente inofensiva. Una apuesta deportiva, una partida online, una máquina recreativa, un sorteo, una ruleta o una aplicación móvil pueden parecer, al principio, una forma más de entretenimiento.

El problema aparece cuando el juego deja de ser una elección libre y empieza a ocupar un espacio cada vez mayor en la vida de la persona. Cuando se juega para recuperar lo perdido, para escapar del malestar, para calmar la ansiedad o cuando se oculta cuánto tiempo o dinero se dedica al juego, ya no estamos hablando solo de ocio.

Uno de los grandes obstáculos para detectar la adicción al juego son los mitos. Son frases normalizadas que muchas veces se repiten sin mala intención, pero que pueden retrasar la búsqueda de ayuda. Ideas como “eso solo le pasa a quien pierde mucho dinero” o “si quisiera, podría dejarlo” simplifican un problema mucho más complejo.

Hablar de estos mitos no significa juzgar a quien juega. Al contrario: significa abrir una conversación necesaria, basada en la comprensión, la prevención y el acompañamiento.

¿Qué es la adicción al juego?

La adicción al juego es una conducta adictiva en la que la persona pierde progresivamente el control sobre la frecuencia, la intensidad o la cantidad de dinero que dedica al juego. Puede producirse tanto en espacios físicos como en entornos online.

No se trata únicamente de apostar mucho dinero. El problema aparece cuando el juego empieza a interferir en la vida personal, familiar, económica, laboral o emocional. También cuando la persona sigue jugando a pesar de las consecuencias negativas.

En la actualidad, el acceso al juego es más fácil que nunca. El móvil, las plataformas online, las apuestas deportivas, los bonos de bienvenida y la posibilidad de jugar a cualquier hora hacen que el riesgo pueda pasar desapercibido durante más tiempo.

Por eso es tan importante desmontar falsas creencias.

Mito 1: “Solo hay adicción si se pierde mucho dinero”

Uno de los mitos más frecuentes es pensar que la adicción al juego solo existe cuando hay grandes pérdidas económicas. Sin embargo, el dinero perdido no es el único indicador del problema.

Una persona puede tener una relación problemática con el juego aunque las cantidades apostadas parezcan pequeñas. Lo importante no es solo cuánto se pierde, sino qué lugar ocupa el juego en su vida.

Hay señales que pueden alertar antes de que la deuda sea elevada: pensar constantemente en jugar, sentirse inquieto cuando no se puede apostar, intentar dejarlo sin conseguirlo, jugar para recuperar pérdidas o mentir sobre el tiempo y el dinero dedicado al juego.

La cantidad económica importa, pero no lo explica todo. La pérdida de control, el sufrimiento emocional y el impacto en la vida cotidiana son factores clave.

Mito 2: “Cuando quiera, lo dejo”

Esta frase es una de las más habituales y también una de las más peligrosas. Muchas personas con problemas de juego creen durante mucho tiempo que tienen la situación bajo control. Incluso pueden estar convencidas de que dejarán de jugar cuando se lo propongan.

Pero la adicción al juego no es simplemente una cuestión de voluntad. Como ocurre en otras conductas adictivas, puede existir una dificultad real para frenar el impulso, aunque la persona sea consciente de las consecuencias negativas.

Intentar dejarlo y volver a jugar una y otra vez no significa falta de carácter. Puede ser una señal de que se necesita ayuda profesional y acompañamiento especializado.

Reconocer que no se puede parar en solitario no es una derrota. Es un paso importante para empezar a recuperar el control.

Mito 3: “La ludopatía solo afecta a personas irresponsables”

La adicción al juego puede afectar a personas de distintos perfiles, edades, profesiones y situaciones económicas. No es un problema exclusivo de personas irresponsables, débiles o incapaces de gestionar su vida.

Este mito genera mucho daño porque aumenta la culpa y la vergüenza. Y cuando una persona siente vergüenza, suele ocultar más el problema. Puede mentir a su familia, esconder movimientos bancarios, minimizar pérdidas o evitar hablar de lo que está ocurriendo.

La ludopatía no debe abordarse desde el juicio moral, sino desde la salud, la prevención y la intervención adecuada. Cuanto antes se reconozca el problema, más posibilidades hay de actuar.

Mito 4: “Si juego online, no es tan grave”

El juego online puede ser especialmente peligroso porque está disponible en cualquier momento y desde cualquier lugar. Antes, para jugar, muchas veces había que desplazarse a un local físico. Ahora basta con desbloquear el móvil.

Esta accesibilidad hace que sea más fácil jugar en secreto, apostar de forma impulsiva y perder la percepción real del tiempo o del dinero gastado. Además, el entorno digital puede generar una falsa sensación de control: la persona cree que domina la situación porque juega desde casa, desde el sofá o durante pequeños momentos del día.

Pero el formato online no reduce el riesgo. En algunos casos, lo aumenta. La inmediatez, la privacidad, las notificaciones, los bonos promocionales y la disponibilidad permanente pueden favorecer una relación cada vez más compulsiva con el juego.

Mito 5: “Jugar para recuperar lo perdido es una estrategia”

Muchas personas que desarrollan problemas con el juego entran en una dinámica conocida como perseguir pérdidas. Esto significa seguir apostando con la intención de recuperar el dinero perdido.

El problema es que esta lógica suele agravar la situación. La persona no juega desde la calma, sino desde la ansiedad, la urgencia y la necesidad de reparar una pérdida anterior. Cada nueva apuesta puede convertirse en una oportunidad para “arreglarlo”, pero también en el inicio de una pérdida mayor.

Jugar para recuperar lo perdido no es una estrategia segura. Es una señal de alerta. Puede aumentar el endeudamiento, el malestar emocional y la sensación de pérdida de control.

Mito 6: “Mientras nadie se dé cuenta, no pasa nada”

Ocultar el juego es una de las señales que más debería preocupar. Cuando una persona empieza a mentir sobre cuánto juega, a esconder pérdidas, a borrar aplicaciones, a ocultar recibos o a justificar movimientos de dinero, es probable que ya exista un conflicto interno.

El secreto no protege. Al contrario, suele hacer que el problema crezca en silencio.

Muchas familias descubren la situación cuando ya hay deudas, discusiones, préstamos, cambios de comportamiento o un fuerte desgaste emocional. Por eso es importante prestar atención a señales como el aislamiento, la irritabilidad, la preocupación constante por el dinero o los cambios bruscos de ánimo.

Hablar a tiempo puede evitar que el problema avance.

Mito 7: “La familia no puede hacer nada”

La familia no puede resolver sola una adicción al juego, pero sí puede desempeñar un papel importante. Acompañar, escuchar, evitar el juicio y animar a pedir ayuda profesional puede marcar una gran diferencia.

Eso no significa justificarlo todo ni asumir las consecuencias económicas sin límites. Acompañar también implica poner límites, proteger la economía familiar y buscar orientación especializada.

Muchas veces, las familias también necesitan apoyo. La adicción al juego no afecta solo a quien juega. Puede generar miedo, desconfianza, culpa, enfado, ansiedad y agotamiento emocional en el entorno más cercano.

Por eso, pedir ayuda no debe entenderse como algo exclusivo de la persona afectada. El acompañamiento familiar también forma parte del proceso.

Señales de alerta ante una posible adicción al juego

Aunque cada caso es diferente, existen señales que pueden indicar que la relación con el juego está dejando de ser saludable:

  • Pensar constantemente en jugar o apostar.
  • Necesitar apostar más dinero para sentir la misma emoción.
  • Sentirse inquieto, irritable o ansioso al intentar dejarlo.
  • Jugar para escapar de problemas o emociones difíciles.
  • Intentar reducir el juego sin conseguirlo.
  • Mentir sobre el tiempo o el dinero dedicado al juego.
  • Pedir dinero prestado o acumular deudas.
  • Jugar para recuperar pérdidas anteriores.
  • Descuidar responsabilidades familiares, laborales o personales.
  • Seguir jugando a pesar de las consecuencias negativas.

Detectar estas señales no significa etiquetar a una persona ni culpabilizarla. Significa prestar atención y actuar antes de que la situación empeore.

¿Cuándo el juego se convierte en un problema?

El juego se convierte en un problema cuando la persona pierde el control sobre cuánto juega, cuánto dinero apuesta o cuánto tiempo dedica a esta conducta. También cuando sigue jugando a pesar de las consecuencias negativas, oculta su comportamiento, juega para recuperar pérdidas o utiliza el juego como vía de escape emocional. En estos casos, es importante pedir ayuda profesional cuanto antes.

Pedir ayuda no es perder

Uno de los mensajes más importantes que debemos transmitir es que pedir ayuda no es fracasar. Al contrario, reconocer que existe un problema es el primer paso para empezar a salir de él.

La adicción al juego puede generar vergüenza, culpa y miedo a decepcionar a los demás. Pero el silencio suele hacer que el problema avance. Hablar con una persona de confianza, acudir a profesionales especializados y buscar apoyo puede abrir una vía de recuperación.

No se trata de señalar a quien juega. Se trata de entender qué está ocurriendo, reducir el daño y recuperar poco a poco el control sobre la vida personal, familiar y económica.

Por eso, los mitos sobre la adicción al juego pueden parecer simples frases hechas, pero tienen consecuencias reales. Pueden hacer que una persona minimice el problema, que la familia tarde en intervenir o que se confunda una conducta adictiva con una falta de voluntad.

La ludopatía no siempre se ve desde fuera. No siempre empieza con grandes pérdidas. No siempre se reconoce a tiempo. Por eso es fundamental hablar de ella con claridad, sin estigmas y con información rigurosa.

Desmontar falsas creencias es una forma de prevención. También es una manera de acompañar mejor a quienes pueden estar atravesando una relación difícil con el juego.

Reconocer el problema no es el final del camino. Puede ser el inicio de la recuperación.

 

Preguntas frecuentes sobre la adicción al juego

¿La adicción al juego solo ocurre con las apuestas deportivas?

No. La adicción al juego puede aparecer con apuestas deportivas, casinos online, máquinas recreativas, ruleta, póker, bingo, loterías, juegos de azar presenciales o plataformas digitales. Lo importante no es solo el tipo de juego, sino la pérdida de control y el impacto que tiene en la vida de la persona.

¿Se puede tener ludopatía aunque se apueste poco dinero?

Sí. La adicción al juego no depende únicamente de la cantidad apostada. También influyen la frecuencia, la necesidad de jugar, la dificultad para parar, el malestar emocional y las consecuencias personales, familiares o económicas.

¿Qué señales indican que alguien puede tener un problema con el juego?

Algunas señales son jugar para recuperar pérdidas, mentir sobre el dinero apostado, pedir préstamos, estar irritable cuando no se puede jugar, pasar mucho tiempo pensando en apuestas o seguir jugando a pesar de los problemas que genera.

¿El juego online aumenta el riesgo de adicción?

El juego online puede aumentar el riesgo porque está disponible las 24 horas, permite jugar desde cualquier lugar y facilita hacerlo en secreto. La rapidez de las apuestas y la accesibilidad desde el móvil pueden favorecer una conducta más impulsiva.

¿Cómo puede ayudar la familia?

La familia puede ayudar escuchando sin juzgar, animando a pedir ayuda profesional, evitando cubrir el problema de forma indefinida y estableciendo límites claros. También puede ser recomendable que el entorno familiar reciba orientación para saber cómo actuar.

¿Pedir ayuda significa que la situación ya es muy grave?

No. Pedir ayuda cuanto antes puede evitar que el problema avance. No es necesario esperar a que haya grandes deudas o una crisis familiar para consultar con profesionales especializados.

La droga también duele a quienes no consumen

Ver cómo un amigo cambia por las drogas también duele, aunque tú nunca hayas consumido. Duele notar su distancia, perder conversaciones que antes eran fáciles y sentir que algo se rompe poco a poco. Las adicciones no afectan solo a quien consume: también alcanzan a quienes miran desde cerca, se preocupan, callan, esperan y no saben cómo ayudar. Para resolver tus dudas está MOSAIC.

La droga no siempre entra en tu vida porque tú la consumas. A veces entra de otra forma: por un amigo que empieza a faltar a los planes, por una conversación que ya no fluye igual o por alguien que, poco a poco, deja de estar presente aunque siga delante de ti.

Cuando hablamos de adicciones, solemos centrar la atención en la persona que consume. Es lógico: es quien sufre directamente la dependencia, quien se enfrenta a las consecuencias físicas, emocionales y sociales del consumo. Sin embargo, alrededor de cada adicción también hay un entorno que observa, se preocupa, duda, se frustra y muchas veces no sabe cómo actuar.

Amigos, familiares, parejas, compañeros de trabajo o personas cercanas también viven el impacto de una adicción. No desde el consumo, pero sí desde la pérdida progresiva del vínculo, la incertidumbre y la sensación de no reconocer del todo a alguien que antes parecía estar más cerca. MOSAIC es un punto de encuentro para quienes quieren ayudar a un ser querido y necesitan orientación, escucha y acompañamiento para no hacerlo solos. Si estás viviendo una situación así, no dudes en ponerte en contacto con la asociación.

Cuando una adicción empieza a cambiar una relación

Una de las consecuencias más difíciles de explicar es cómo la droga puede alterar la forma en la que una persona se relaciona con los demás. Al principio, los cambios pueden parecer pequeños: una ausencia puntual, una respuesta más fría, una conversación que se queda a medias o una excusa que se repite.

Con el tiempo, esos detalles pueden empezar a formar un patrón. La persona puede mostrarse más distante, irritable, encerrada en sí misma o menos disponible emocionalmente. Los planes se aplazan, las conversaciones pierden naturalidad y la confianza empieza a resentirse.

Muchas veces, quienes están alrededor no saben si están exagerando, si deben intervenir o si es mejor esperar. Esa duda también pesa. Porque ver cómo alguien cercano cambia sin saber cómo ayudar genera una carga emocional importante.

No consumir no significa no sufrir las consecuencias

Una adicción no afecta únicamente a quien consume. También afecta a quienes quieren a esa persona y ven cómo algo empieza a ocupar demasiado espacio en su vida. En ocasiones, el entorno vive sentimientos contradictorios: preocupación, enfado, tristeza, miedo o impotencia.

Puede aparecer la sensación de estar perdiendo a alguien poco a poco. No porque desaparezca físicamente, sino porque ya no está de la misma manera. Sigue en la mesa, en el grupo o en la familia, pero algo se ha roto en la comunicación.

Por eso decimos que la droga también rompe conversaciones. Porque introduce silencios donde antes había confianza. Porque convierte temas sencillos en asuntos difíciles. Porque hace que muchas personas midan sus palabras, eviten preguntas o callen por miedo a provocar una reacción.

La importancia de estar atentos sin juzgar

Estar vigilantes ante el consumo en nuestro entorno no significa controlar, señalar o acusar. Significa observar con sensibilidad y actuar desde el cuidado. A veces, una persona que está desarrollando una conducta adictiva no reconoce el problema o no se siente preparada para hablar de ello. En esos casos, el juicio suele cerrar puertas; la escucha puede abrirlas.

Hay señales que pueden ayudarnos a prestar atención: cambios bruscos de conducta, aislamiento, pérdida de interés por actividades habituales, conflictos frecuentes, alteraciones del estado de ánimo o un deterioro progresivo de las relaciones personales.

Detectar estas señales no convierte a nadie en especialista, pero sí puede ser el primer paso para ofrecer apoyo y animar a buscar ayuda. La clave está en acercarse desde una pregunta honesta, no desde una acusación. Preguntar “¿cómo estás?” puede parecer poco, pero en determinados momentos puede ser el inicio de una conversación importante.

Acompañar también es saber poner límites

Acompañar a una persona con adicciones no significa justificarlo todo ni asumir una carga imposible. El entorno también necesita cuidarse. Estar cerca no implica aceptar cualquier comportamiento, ni cargar en silencio con situaciones que generan dolor.

Poner límites es una forma de cuidado. Permite proteger la relación, evitar dinámicas dañinas y recordar que ayudar no significa perderse uno mismo en el proceso. En muchas ocasiones, las personas cercanas también necesitan orientación para saber cómo actuar, qué decir, cuándo intervenir y cómo sostener la situación sin quedarse solas.

Por eso es tan importante que el acompañamiento no dependa únicamente de la buena voluntad del entorno. Las adicciones requieren apoyo, escucha y recursos adecuados.

El papel del voluntariado en el acompañamiento

En asociaciones como MOSAIC, el voluntariado tiene un papel fundamental. Acompañar a personas con adicciones, y también a sus familias o entornos cercanos, requiere tiempo, presencia y humanidad. No siempre se trata de grandes gestos. Muchas veces se trata de estar, escuchar, orientar y recordar que pedir ayuda no es un fracaso.

El voluntariado aporta algo esencial: cercanía. Una cercanía que no sustituye al trabajo profesional, pero que lo complementa desde el vínculo humano. En procesos complejos como los relacionados con las adicciones, sentirse acompañado puede marcar una gran diferencia.

Cuando una persona sabe que no está sola, el camino se vuelve menos difícil. Y cuando el entorno también encuentra apoyo, puede acompañar mejor, con más claridad y menos desgaste.

MOSAIC: escuchar, acompañar y ayudar en la Safor

En MOSAIC trabajamos para acompañar a personas que atraviesan situaciones relacionadas con las adicciones, pero también para apoyar a quienes viven estas realidades desde cerca. Porque una adicción no solo afecta a una persona: puede alterar relaciones, familias, amistades y entornos completos.

Si vives en Gandia o en cualquier población de la Safor y te preocupa el consumo de alguien cercano, hablar puede ser el primer paso. No hace falta tener todas las respuestas antes de pedir orientación. A veces basta con reconocer que algo está pasando y buscar un espacio donde poder expresarlo sin miedo ni juicio.

La droga puede romper conversaciones, pero también hay conversaciones que ayudan a empezar de nuevo.

En MOSAIC estamos para escuchar, acompañar y ayudar.

Preguntas frecuentes sobre cómo actuar ante el consumo de drogas en el entorno

¿Qué hacer si creo que un amigo está consumiendo drogas?

Lo más importante es acercarse desde la calma, evitar acusaciones y buscar un momento adecuado para hablar. Preguntar cómo está, mostrar preocupación sincera y ofrecer apoyo puede ayudar a abrir una conversación.

¿Una adicción afecta también a familiares y amigos?

Sí. Las adicciones pueden generar cambios en las relaciones, pérdida de confianza, conflictos, preocupación y desgaste emocional en el entorno cercano.

¿Cómo puedo ayudar sin juzgar?

Escuchando, respetando los tiempos de la persona, evitando reproches y animando a buscar ayuda especializada cuando sea necesario.

¿Dónde buscar ayuda ante una situación de adicción en la Safor?

En MOSAIC ofrecemos apoyo y acompañamiento a personas con adicciones y a su entorno, desde la escucha, el respeto y la orientación cercana.

¿Desde cuándo es adicto el ser humano? Una mirada a nuestro cerebro y a cómo aprendemos a gestionar lo que sentimos

Lejos de ser un fenómeno reciente, la tendencia a desarrollar conductas adictivas forma parte de cómo funciona nuestro cerebro. Entender por qué ocurre, qué papel juegan nuestras emociones y cómo influyen en nuestras decisiones es clave para abordar el problema desde una perspectiva más humana y constructiva.

Hablar de adicción suele llevarnos a pensar en problemas actuales, en nuevas formas de dependencia o en hábitos asociados a la vida moderna. Sin embargo, la realidad es mucho más profunda: la tendencia a generar conductas adictivas no es algo nuevo, ni exclusivo de nuestra época. Forma parte, en cierta medida, de cómo está construido el ser humano.

De hecho, cada vez más expertos coinciden en que la adicción no es solo una cuestión de sustancias o comportamientos concretos, sino una respuesta del cerebro ante determinadas situaciones. Una forma, no siempre consciente, de intentar resolver lo que nos cuesta gestionar.

En este sentido, resulta especialmente reveladora la reflexión compartida en una entrevista en COPE por el pensador José Antonio Marina, quien afirma que “la adicción es una mala solución a un problema”. Esta idea, sencilla pero profunda, nos invita a cambiar la forma en la que entendemos las adicciones: no como un fallo moral, sino como un intento fallido de adaptación.

Un cerebro que no siempre juega a nuestro favor

Para entender por qué el ser humano puede desarrollar conductas adictivas, es necesario mirar hacia dentro. Nuestro cerebro no es una estructura homogénea, sino el resultado de millones de años de evolución. Y, como ocurre en cualquier proceso largo y complejo, no todo está perfectamente ensamblado.

Algunos expertos hablan de “chapuzas evolutivas” para referirse a estas imperfecciones. Nuestro cerebro combina estructuras muy antiguas, responsables de las emociones, los impulsos y la búsqueda de recompensa, con otras más recientes, encargadas de la reflexión, la planificación y el control.

El problema es que estas dos partes no siempre trabajan en equilibrio.

Por un lado, tenemos un sistema emocional rápido, automático, que busca placer inmediato y evita el malestar. Por otro, una parte racional que intenta tomar decisiones más pausadas y coherentes a largo plazo. Cuando la primera gana terreno, es más fácil caer en conductas repetitivas que nos proporcionan alivio inmediato, aunque a la larga generen consecuencias negativas.

La adicción como respuesta, no como causa

Desde esta perspectiva, la adicción deja de ser el problema principal para convertirse en un síntoma. Una señal de que algo no está funcionando bien en la forma en la que gestionamos lo que nos ocurre.

Estrés, ansiedad, soledad, frustración o vacío emocional pueden estar detrás de muchas conductas adictivas. El cerebro, en su intento de regular estas sensaciones, recurre a aquello que le proporciona una recompensa rápida: una sustancia, una actividad, una pantalla, una rutina.

El problema es que esa solución es temporal. Y, con el tiempo, puede convertirse en una necesidad.

Por eso es importante entender que nadie “elige” ser adicto en el sentido tradicional del término. Lo que existe es una dinámica que se va construyendo poco a poco, muchas veces sin que la persona sea plenamente consciente de ello.

Una condición que nos acompaña desde siempre

Si miramos la historia de la humanidad, veremos que las conductas adictivas han existido bajo diferentes formas en todas las épocas. No es algo que haya aparecido con la tecnología o con los cambios sociales recientes.

Lo que sí ha cambiado es el contexto. Hoy en día, vivimos en un entorno donde los estímulos son constantes, accesibles y diseñados para captar nuestra atención. Esto facilita que ciertos comportamientos se repitan con mayor frecuencia y que, en algunos casos, evolucionen hacia patrones problemáticos.

Pero la base sigue siendo la misma: un cerebro que busca aliviar el malestar y que, en ocasiones, encuentra soluciones que no son las más adecuadas.

Hablar, entender y acompañar: el camino hacia soluciones reales

Si la adicción es, como decía José Antonio Marina, una mala solución a un problema, la clave está en identificar cuál es ese problema y abordarlo de forma adecuada.

Y aquí aparece uno de los grandes retos: muchas veces, lo que hay detrás no se expresa fácilmente. Puede haber miedo, vergüenza, incomprensión o simplemente dificultad para poner palabras a lo que se siente.

Por eso, el primer paso siempre es el mismo: hablar.

Hablar permite sacar a la superficie aquello que está generando malestar. Permite entender, poner contexto y empezar a construir alternativas. Porque las soluciones reales no pasan por negar el problema, sino por enfrentarlo con apoyo y herramientas adecuadas.

Buscar ayuda no es un signo de debilidad

A menudo, existe la idea de que las personas deben resolver sus problemas por sí solas. Sin embargo, cuando hablamos de conductas adictivas, el acompañamiento es fundamental.

Contar con apoyo profesional, con espacios donde poder expresarse sin juicio, y con personas que entienden el proceso marca una diferencia enorme. No se trata solo de dejar una conducta, sino de reconstruir la forma en la que nos relacionamos con nosotros mismos y con nuestro entorno.

MOSAIC: acompañar para encontrar soluciones

En MOSAIC trabajamos precisamente en ese punto: ayudar a las personas a entender qué hay detrás de determinadas conductas y ofrecer un espacio donde poder abordarlo de forma realista y cercana.

Sabemos que cada historia es distinta, que cada persona llega con su propia “mochila” y que no existen soluciones únicas. Pero también sabemos que, cuando se habla, cuando se entiende y cuando se acompaña, es posible encontrar caminos diferentes.

Si vives en la Safor y sientes que tú o alguien cercano puede estar atravesando una situación relacionada con conductas adictivas, no estás solo. Dar el paso puede costar, pero también puede ser el inicio de un cambio importante.

Preguntas frecuentes sobre la adicción en el ser humano

¿El ser humano ha sido siempre propenso a la adicción?

Sí, está reconocida por la Organización Mundial de la Salud como un trastorno dentro de los desórdenes mentales.

¿Por qué se generan las adicciones?

Porque el cerebro busca aliviar el malestar mediante recompensas rápidas, aunque estas no sean soluciones adecuadas a largo plazo.

¿Se puede salir de una adicción?

Sí, con apoyo, comprensión y herramientas adecuadas es posible cambiar la relación con esas conductas y encontrar alternativas más saludables.

Adicción a los videojuegos: una de las dependencias invisibles más comunes

La adicción a los videojuegos es una realidad cada vez más presente, especialmente entre jóvenes, y hace tiempo que está reconocida como un trastorno por la Organización Mundial de la Salud. Aunque a menudo pasa desapercibida, esta forma de dependencia puede afectar al bienestar emocional, las relaciones personales y la vida diaria. Identificar sus señales a tiempo es clave para prevenir consecuencias mayores y buscar ayuda cuando sea necesario.

Cuando hablamos de adicciones, la mayoría de las personas piensa en problemas visibles, asociados a sustancias o conductas claramente identificables. Sin embargo, existen otras formas de dependencia mucho más silenciosas, difíciles de detectar y, en muchos casos, normalizadas en el día a día.

La adicción a los videojuegos es una de ellas.

En una sociedad cada vez más digital, jugar forma parte del ocio habitual, especialmente entre jóvenes. Pero no siempre es fácil distinguir cuándo estamos ante una afición saludable y cuándo ese comportamiento empieza a convertirse en un problema que afecta a la salud mental.

De hecho, la Organización Mundial de la Salud reconoce este patrón como un trastorno, incluyéndolo dentro de los desórdenes mentales. Este reconocimiento pone sobre la mesa una realidad que muchas veces pasa desapercibida: no todas las adicciones se ven, pero sí se sienten.

Cuando jugar deja de ser solo jugar

El problema no está en el videojuego en sí, sino en la relación que se establece con él. Jugar puede ser una actividad positiva, social e incluso estimulante. Pero cuando el uso deja de estar bajo control, empieza a ocupar un lugar central en la vida de la persona.

En ese momento, lo que antes era ocio puede transformarse en una conducta que condiciona rutinas, decisiones y relaciones.

Uno de los aspectos que hace que esta adicción sea especialmente compleja es su invisibilidad. No hay señales físicas evidentes, y muchas veces el entorno no identifica el problema hasta que las consecuencias ya son significativas.

Las tres señales clave que indican un problema

Para poder identificar cuándo estamos ante una adicción a los videojuegos, existen tres características fundamentales que definen este patrón de conducta:

1. Dificultad para ejercer control

La persona tiene problemas para regular el tiempo de juego. Le cuesta resistirse a empezar y, una vez comienza, no consigue parar con facilidad. El control sobre la actividad se debilita progresivamente.

2. Prioridad creciente del juego

El videojuego pasa a ocupar un lugar central. Actividades cotidianas como estudiar, trabajar, relacionarse o descansar quedan en segundo plano. El juego deja de ser una opción para convertirse en una necesidad.

3. Persistencia a pesar de las consecuencias

A pesar de que el comportamiento está generando problemas, como conflictos familiares, bajo rendimiento o aislamiento, la persona continúa jugando, e incluso aumenta el tiempo dedicado.

Esta combinación de factores es lo que marca la diferencia entre un uso intensivo y una conducta adictiva.

Una adicción que cuesta ver

La adicción a los videojuegos forma parte de lo que podríamos denominar “adicciones invisibles”. Son aquellas que no siempre generan alarma social inmediata, pero que pueden tener un impacto profundo en la vida de la persona.

En muchos casos, el problema se enmascara bajo frases como:

  • “Es una fase”
  • “Solo está jugando”
  • “Ya se le pasará”

Sin embargo, cuando el comportamiento se mantiene en el tiempo y empieza a afectar a otras áreas, es importante prestar atención.

Además, factores como el estrés, la ansiedad o la necesidad de evasión pueden reforzar este tipo de conductas, haciendo que el videojuego se convierta en una vía de escape difícil de abandonar.

El impacto en la persona y en su entorno

Aunque no siempre sea evidente, las consecuencias pueden ser importantes:

  • Aislamiento social
  • Alteraciones del sueño
  • Dificultades académicas o laborales
  • Conflictos familiares
  • Cambios en el estado de ánimo

El impacto no se limita a la persona que lo sufre. El entorno cercano también se ve afectado, generando preocupación, incomprensión y, en ocasiones, frustración.

Entender para poder acompañar

Uno de los errores más habituales es abordar estas situaciones desde el juicio o la confrontación directa. Sin embargo, este enfoque suele dificultar la comunicación y alejar a la persona.

Comprender que estamos ante una conducta que puede tener un componente adictivo permite actuar desde otro lugar: el acompañamiento, la escucha y el apoyo.

Detectar a tiempo, hablar con naturalidad y buscar ayuda son pasos clave para evitar que el problema avance.

En MOSAIC estamos para ayudarte en la Safor

En MOSAIC trabajamos con personas que atraviesan situaciones relacionadas con conductas adictivas, incluidas aquellas que no siempre son evidentes, como la adicción a los videojuegos.

Sabemos que dar el paso no siempre es fácil. Por eso, ofrecemos un espacio cercano, profesional y de confianza donde poder hablar, entender lo que está pasando y empezar a abordarlo.

Si vives en la comarca de la Safor y sientes que esta situación puede estar afectándote a ti o a alguien cercano, estamos aquí para ayudarte.

Porque dejar atrás una adicción no siempre es sencillo… pero hacerlo acompañado marca la diferencia.

Preguntas frecuentes sobre la adicción a los videojuegos

¿La adicción a los videojuegos es una enfermedad mental?

Sí, está reconocida por la Organización Mundial de la Salud como un trastorno dentro de los desórdenes mentales.

¿Cómo saber si existe adicción a los videojuegos?

Cuando hay pérdida de control, prioridad del juego sobre otras actividades y persistencia a pesar de las consecuencias negativas.

¿Se puede tratar la adicción a los videojuegos?

Sí, con acompañamiento profesional y apoyo del entorno es posible recuperar el control y mejorar la situación.

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