REALITZAT PER L’ALUMNAT DE GRAU EN COMUNICACIÓ AUDIOVISUAL UPV GANDIA:
– Júlia Zijian Calabuig Gascón.
– Rocío Jiménez Soler.
– Sheila Jover Guerola.
– Pablo García Cogollos.
– Zhen Hao Li.
– Karla Linares Bello.
– Helena Martí Valero.
– Carla Morant Clari.
– Marc Antonio Oltean.
– Sara Rodríguez Ballesteros.
– Paula Tornero López.
GRÀCIES PER HAVER-NOS FET AQUEST REGAL!

Ayer, Laura Vayá Escandell nos regaló este diseño como imagen para la nueva vivienda Alba. 
Laura, desde la asociación Mosaic te agradecemos este regalo que representa muy bien el alma del nuevo proyecto.

JOSÉ JUAN I ANA HAN ESTAT COMPARTIT LES NOVETATS DE L’ASSOCIACIÓ MOSAIC AL PROGRAMA MAGAZIN TS DIMARTS, DE TELESAFOR.

vivienda de apoyo al tratamiento y la inclusión social

La Asociación Mosaic es una asociación sin ánimo de lucro situada en la localidad valenciana de Gandía.  Fue creada en 1996, para responder a una necesidad de atención para las personas drogodependientes de la zona.

Un grupo de mujeres de la localidad vieron necesario realizar un trabajo de acompañamiento de las personas drogodependientes al centro de día Proyecto Hombre de Valencia.

Con el tiempo consiguieron un lugar para reunirse en el Palau Ducal de Gandía, por lo que empezaron a realizar las primeras terapias de deshabituación en la localidad.

El voluntariado es una parte imprescindible para nuestra entidad. Sin ellos nuestros programas no podrían llevarse a cabo.

Si estás interesado/a en ser voluntario o voluntaria puedes dejarnos tus datos a través de este formulario y nos pondremos en contacto contigo.

Últimas entradas del blog

Trini Vidal, referente de solidaridad y compromiso social en Gandia

El sábado 7 de marzo, el Teatre Serrano de Gandia acogió el acto “Homenatge a les Dones”, un reconocimiento público a la trayectoria, la dedicación y la aportación social de tres mujeres de Gandia: Trini Vidal, Naima Ben Maarouf Hachkar y Enriqueta Martínez. Desde la Associació Mosaic queremos sumarnos a ese homenaje con un mensaje claro: cuando una ciudad reconoce a quienes cuidan, acompaña y se hace más justa.

Este tipo de actos importan porque ponen luz sobre una realidad que muchas veces pasa desapercibida: la transformación social no siempre nace de grandes titulares, sino de personas que sostienen, día tras día, a quienes más lo necesitan. En Gandia y en toda la comarca de La Safor, la red asociativa y comunitaria es un pilar silencioso que evita que muchas personas caigan en el abandono. Y hoy queremos agradecer a estas tres mujeres que, desde ámbitos distintos, han contribuido a fortalecer ese tejido humano.

En primer lugar, queremos felicitar a Naima Ben Maarouf Hachkar y a Enriqueta Martínez por este reconocimiento. Su presencia en el homenaje refleja la diversidad y la riqueza de las historias que construyen Gandia. Cada una, con su recorrido, representa valores que toda sociedad debería proteger: la constancia, la dignidad, la responsabilidad y el compromiso con el bien común.

Y, de forma especial, queremos dedicar unas líneas a Trini Vidal, presidenta de Buñuelos Sin Fronteras – Comedor Social Gandia, por una razón muy sencilla: en Mosaic sabemos lo que significa estar cerca de la vulnerabilidad, y también sabemos lo difícil que es sostener esa cercanía sin perder la humanidad. Trini destac, tal como se ha reconocido públicamente, por su carácter solidario, su bondad, su humildad y su humanidad, y por su trabajo de concienciación y sensibilización social en favor de las personas más vulnerables. Pero, además de las palabras, hay algo que se nota cuando una persona lleva años ayudando de verdad: la forma de mirar, la forma de escuchar, la forma de tratar a quien llega roto.

Desde Mosaic trabajamos en el acompañamiento de personas con adicciones, en su proceso de recuperación y reinserción social. Y cuando hablamos de reinserción, hablamos de algo muy concreto: de volver a sentirse persona, de volver a tener un lugar, de volver a creer que es posible empezar de nuevo. Ese camino no se construye solo con intervención profesional; se construye con comunidad, con redes reales, con referentes que no juzgan y con una ciudad que no aparta la mirada. Por eso, la labor de entidades como Buñuelos Sin Fronteras y la figura de personas como Trini Vidal son tan valiosas: porque demuestran, con hechos, que la dignidad se defiende cada día.

Es importante decirlo en voz alta: la vulnerabilidad no siempre se elige. Hay momentos en los que la vida se cae, en los que el trabajo falta, en los que la salud mental se tambalea, en los que la soledad pesa, en los que una adicción atrapa. Y cuando eso ocurre, el entorno marca la diferencia. Una mano tendida puede evitar una caída mayor. Un plato caliente, una conversación, una mirada sin reproche pueden sostener más de lo que imaginamos. Lo que hace Trini, y lo que hacen tantas mujeres desde asociaciones, comedores sociales y redes vecinales, es construir esa primera línea de humanidad donde más falta hace.

En este homenaje, Gandia ha reconocido públicamente una realidad que en Mosaic compartimos: el valor de quienes cuidan no es solo emocional, es estructural. Son personas y entidades que mantienen viva la cohesión social, que previenen exclusión y que abren oportunidades. Son, en el sentido más literal, generadoras de futuro.

Por eso, desde la Associació Mosaic, queremos enviar un agradecimiento sincero y explícito a Trini Vidal, a Naima Ben Maarouf Hachkar y a Enriqueta Martínez. Gracias por representar lo mejor de una ciudad: la solidaridad, la constancia y el compromiso. Gracias por inspirar con vuestro ejemplo y por recordarnos que no hay cambio real sin humanidad.

Y también queremos aprovechar este reconocimiento para lanzar un mensaje a quienes nos leen: si crees en una Gandia más justa, puedes formar parte de ella. Colaborando con asociaciones, apoyando iniciativas sociales, ofreciendo voluntariado o, sencillamente, estando más cerca de quien lo necesita. Las adicciones, la pobreza y la exclusión no se combaten solo desde los recursos: se combaten con una comunidad que no deja a nadie atrás.

Trini, Naima, Enriqueta: vuestro trabajo deja huella. Y desde Mosaic, nos unimos con orgullo a este homenaje. Porque cuando Gandia reconoce a sus mujeres, reconoce también la fuerza de la solidaridad.

Microseñales de recaída: cómo detectarlas a tiempo (y qué hacer en las primeras 48 horas)

La recaída en las adicciones casi nunca ocurre de golpe: suele empezar con microseñales como insomnio, irritabilidad, aislamiento y pérdida de rutinas. En este post explicamos cómo detectarlas a tiempo y qué hacer para ayudar sin juzgar, con el apoyo de Mosaic en Gandia y La Safor.

 

En Mosaic repetimos una idea que puede cambiar un destino: la recaída casi nunca empieza de golpe. No suele llegar como un “todo o nada” repentino, sino como una cadena de pequeños cambios que, si no se nombran, se normalizan. Y cuando se normalizan, se vuelven costumbre. Por eso hablar de microseñales no es vivir con miedo: es hacer prevención inteligente.

En Gandia y en la comarca de La Safor convivimos con ritmos de vida muy distintos: temporadas de trabajo intensas, periodos de paro, cambios familiares, duelos, fiestas, soledad, estrés económico. En cualquiera de esos escenarios, una persona en proceso de recuperación puede vivir una bajada emocional o un episodio de vulnerabilidad. Lo importante es entender que estar vulnerable no es fracasar. Es parte del camino. La diferencia está en lo que hacemos cuando aparece esa vulnerabilidad.

Qué es una microseñal y por qué importa

Una microseñal es un cambio pequeño pero significativo en la rutina, el estado de ánimo o la relación con el entorno. A veces es tan sutil que se confunde con “un mal día”. El problema es cuando se acumulan: dos o tres microseñales a la vez suelen ser una alerta temprana. Y esa alerta es una oportunidad. Si se actúa a tiempo, se evita que la persona llegue a un punto de impulsividad, de aislamiento o de “ya me da igual”.

La recaída no es solo consumir. Muchas veces la recaída empieza antes, en la cabeza y en el cuerpo: en el sueño, en el carácter, en la forma de hablar, en cómo se trata a uno mismo, en cómo se corta la comunicación con la red de apoyo.

Microseñales más frecuentes

Hay microseñales que aparecen de manera recurrente en procesos de adicción (con sustancia o sin sustancia). No es una lista para etiquetar, sino para observar con cariño y realidad.

A veces lo primero que se altera es el sueño. La persona se acuesta más tarde, se desvela, tiene un descanso superficial o se despierta con ansiedad. El sueño es un regulador emocional enorme. Cuando se rompe, la irritabilidad sube, la tolerancia a la frustración baja y el impulso gana terreno.

Otra señal habitual es el cambio de humor. No hablamos de estar triste, hablamos de una irritabilidad constante, de respuestas más bruscas, de poca paciencia, de enfados “por cosas pequeñas”, o de una apatía que antes no estaba. La persona puede empezar a decir frases como “me da igual todo”, “no me apetece nada”, “déjame en paz”. Esa frase a veces es una petición de ayuda disfrazada.

La rutina también suele resquebrajarse. Se dejan tareas para “mañana”, se pierde el orden de horarios, se descuida la higiene o la alimentación, se come peor, se salta comidas o se abusa del picoteo. No porque sea “pereza”, sino porque la motivación cae y el cerebro busca alivio rápido.

En lo social, la microseñal más clara es el aislamiento. La persona tarda más en responder, cancela planes, evita llamadas, deja de acudir a actividades, se encierra. Puede decir que está cansada o que necesita estar sola, y a veces es cierto. Pero si ese patrón se repite, conviene observarlo. La adicción se alimenta del aislamiento porque reduce la posibilidad de que alguien “ponga espejo” con cariño.

También pueden aparecer mentiras pequeñas o evasivas. No siempre son para engañar al entorno; muchas veces la persona se está engañando a sí misma para no enfrentarse a lo que siente. “He salido un momento”, “no pasa nada”, “lo tengo controlado”, “no necesito a nadie”. Cuando el discurso se vuelve defensivo, es señal.

Y hay una microseñal especialmente delicada: el regreso de las justificaciones internas. “Me lo merezco”, “solo hoy”, “por una vez”, “no es para tanto”. Esa narrativa es peligrosa porque convierte el impulso en permiso.

Qué hacer en las primeras 48 horas

Cuando se detectan microseñales, el objetivo no es regañar, ni controlar, ni montar una discusión. El objetivo es intervenir en pequeño, igual que la microseñal. Lo que funciona es sencillo: presencia, estructura y verdad.

Lo primero es nombrarlo sin acusar. Una frase como “Te noto más apagado últimamente y me preocupa” abre diálogo. No hay que entrar en juicio (“estás fatal”, “lo estás haciendo mal”), porque eso activa defensa. Mejor hablar desde lo observado y desde el cuidado.

Lo segundo es reconectar con la red. Si la persona tiene referentes, conviene activar el contacto. Un paseo por Gandia, un café, una visita breve, un mensaje directo. El objetivo es romper el aislamiento. No hace falta un gran plan: hace falta presencia.

Lo tercero es cuidar sueño y rutina. A veces lo más protector es lo más básico: cenar bien, acostarse a una hora razonable, reducir pantallas, salir a caminar, volver a una actividad. La rutina no es control; es sostén.

Lo cuarto es evitar situaciones de alto riesgo. Si hay lugares, personas o planes que están asociados a consumo o a impulsividad, en esas 48 horas conviene no exponerse. No es miedo: es estrategia.

Y lo quinto es pedir ayuda profesional cuanto antes si la situación escala. Si la persona está muy descompensada emocionalmente, si hay consumo, si hay pensamientos autolesivos, si hay descontrol, es momento de intervenir con recursos adecuados. Pedir ayuda a tiempo evita crisis mayores.

Cómo acompañar a alguien sin hacer daño

Acompañar bien es un arte. Es normal querer “solucionarlo”, pero la recuperación no se impone. Se sostiene.

Acompañar bien significa no minimizar (“no pasa nada”) y no dramatizar (“vas a arruinarlo todo”). Significa estar disponible y hablar con calma. Significa poner límites si hay agresividad o manipulación, pero sin humillar. Significa recordar a la persona lo que ya ha conseguido, porque en momentos vulnerables la memoria se vuelve selectiva y solo ve lo malo.

Un entorno que acompaña reduce recaídas. No porque “salve” a nadie, sino porque hace que el proceso sea más humano y menos solitario.

¿Y si ya hubo recaída?

Una recaída no borra todo lo recorrido. Lo que más daño hace después de recaer es la culpa silenciosa. La persona se esconde, se castiga, se aísla… y ahí el riesgo crece.

Si ha ocurrido, el primer paso es parar la caída: hablar, pedir ayuda, cortar el aislamiento. La pregunta no es “¿por qué lo has hecho?”, sino “¿qué necesitas ahora para volver a sostenerte?”.

Mosaic: acompañar cuando más se necesita

En la Associació Mosaic trabajamos desde Gandia y La Safor acompañando a personas con adicciones en procesos de recuperación y reinserción. Creemos en algo fundamental: la prevención real ocurre antes del desastre, en esos momentos pequeños que parecen “poca cosa”. Por eso hablar de microseñales es tan importante.

Si te preocupa tu situación o la de alguien cercano, no esperes a que sea tarde. Pedir ayuda es valentía. Y estar cerca, también.

Cuando el “no paro” te rompe: adicción al trabajo, burnout y desconexión emocional en Gandia y La Safor

En Gandia y La Safor, decir “no paro” a veces suena a orgullo. Pero cuando trabajar deja de ser una elección y se convierte en necesidad, puede aparecer la adicción al trabajo (workaholism): más horas, menos vida, menos descanso y más vacío. El cuerpo avisa con ansiedad, insomnio y burnout; las relaciones se resienten y llega la desconexión emocional. Este texto te ayuda a detectarlo a tiempo y a saber cómo acompañar. En Mosaic también estamos para ayudarte.

 

Hay una frase que se repite mucho en Gandia y en la comarca de La Safor, casi como un orgullo: “no paro”. Y es verdad que trabajar, esforzarse y sacar adelante la vida tiene mérito. Pero a veces, sin darnos cuenta, esa forma de vivir deja de ser responsabilidad y se convierte en refugio. Cuando “ser productivo” ya no es una elección, sino una necesidad, hablamos de algo más serio: adicción al trabajo y al rendimiento, también conocida como workaholism.

Lo difícil de esta adicción es que suele venir aplaudida. Nadie te frena por llegar antes y salir el último. Nadie se preocupa si respondes correos a medianoche. Al contrario: te lo reconocen. Pero por dentro, el cuerpo empieza a pasar factura. Y también la mente. Y, sobre todo, el corazón.

Se detecta en pequeños detalles que se van normalizando. La persona ya no descansa de verdad: incluso cuando está en casa, sigue “con la cabeza en el trabajo”. Le cuesta desconectar, se irrita si no puede controlar, se siente culpable al parar. Empieza a cancelar planes, deja de ver amistades, se aleja de la familia. La conversación se vuelve monotema: objetivos, tareas, resultados, pendientes. Y aparece un síntoma silencioso y muy común: desconexión emocional. Ya no sabe cómo está, solo sabe lo que tiene que hacer.

Con el tiempo llega el burnout, el desgaste. Fatiga constante, insomnio, ansiedad, dolores físicos, cambios de humor. Hay personas que se vuelven más impulsivas o más rígidas, otras se apagan. Y muchas, en el fondo, sienten un vacío que intentan tapar con más trabajo. Porque parar implicaría mirar hacia dentro. Y eso da miedo.

¿Cómo saber si alguien cercano puede estar en este punto? No hace falta que lo veas “desbordado” para preocuparte. Basta con observar si ha desaparecido de su vida lo más humano: el descanso, la risa, el disfrute, la presencia. Si ya no queda para tomar un café en Gandia, si siempre está “a mil”, si se enfada cuando alguien le propone parar, si vive con tensión, si su autoestima depende solo de rendir, si se siente inútil cuando no produce. Si te dice “estoy bien” pero su mirada está lejos, quizá no lo esté.

Y aquí viene lo importante: esta adicción no se arregla solo con vacaciones. Descansar ayuda, pero si la persona vuelve a la misma rueda sin revisar lo que hay debajo, todo se repite. Porque el problema no es solo el trabajo; es la necesidad de sentir control, de evitar el vacío, de buscar valor personal a través del rendimiento. Por eso necesita acompañamiento, escucha y un proceso que devuelva equilibrio.

En la Associació Mosaic, en Gandia (La Safor) trabajamos con una idea clara: las adicciones no siempre tienen forma de sustancia. A veces se disfrazan de hábitos socialmente premiados. Por eso acompañamos desde la cercanía, sin juicios y con un enfoque humano que mira a la persona en su conjunto. Ayudamos a recuperar rutinas saludables, a reconstruir vínculos, a poner límites y, sobre todo, a reconectar con la propia vida más allá de la productividad.

Si leyendo esto te ha venido alguien a la cabeza, no lo ignores. Una llamada, una conversación sincera o una invitación a caminar puede ser el primer paso. Y si eres tú quien se reconoce aquí, recuerda: pedir ayuda no es fallar. Es empezar a cuidarte.

Y si quieres formar parte del cambio, súmate al voluntariado de Mosaic. A veces, lo que más transforma no es dar una charla ni tener respuestas: es estar. Porque donde hay compañía, hay salida.

Soledad, duelo y jubilación en Gandia y La Safor: cómo estos cambios aumentan el riesgo de adicción

En Gandia y en La Safor, la soledad, un duelo o la jubilación pueden abrir un vacío silencioso que empuja a buscar alivio rápido: alcohol, pastillas, apuestas o aislamiento digital. No es debilidad, es dolor sin acompañamiento. En Mosaic queremos ayudarte a identificar señales a tiempo y a sostener a quien lo necesita. A veces, una llamada cambia un destino.

Hay silencios que pesan más cuando cumples 50, 60 ó 70. Desde Mosaic, en Gandia y en la comarca de La Safor lo vemos a menudo: personas que han sostenido una familia, un trabajo y una vida entera… y, de repente, se encuentran con un cambio brusco que no habían previsto. La jubilación llega y, con ella, el reloj se queda “demasiado vacío”. Un duelo aparece sin avisar. O la soledad se instala poco a poco, sin hacer ruido, como quien deja una luz encendida en una habitación que ya nadie usa.

Cuando cambia la rutina, también cambia el equilibrio emocional. Y ahí está el riesgo. No porque alguien “quiera” caer en una adicción, sino porque busca alivio. A veces empieza con una copa “para dormir mejor”. O con un ansiolítico que se alarga más de la cuenta. O con las apuestas online “para entretenerse”. O con horas de pantalla que sustituyen conversaciones reales. El problema no es el gesto puntual: es cuando ese gesto se convierte en refugio obligatorio. Cuando la persona ya no elige, sino que necesita. Y entonces la adicción deja de parecer una palabra lejana y se convierte en una realidad cercana, cotidiana.

En esta etapa de la vida, el duelo puede ser un disparador. Perder a una pareja, a un hermano, a un amigo de siempre, o incluso perder la salud o la autonomía, remueve todo por dentro. La tristeza se mezcla con el miedo, y el mundo puede sentirse más pequeño. También la jubilación, aunque sea un logro merecido, puede activar un vacío inesperado: “¿y ahora quién soy si ya no trabajo?”, “¿dónde está mi lugar?”, “¿para qué me levanto?” Cuando faltan proyectos, vínculos y movimiento, la mente busca una salida rápida, algo que calme. Y las sustancias o conductas adictivas ofrecen precisamente eso: un descanso inmediato, aunque después pase factura.

Lo difícil es que, en mayores de 50, muchas señales se confunden con “cosas de la edad”. Se normaliza el aislamiento, se minimiza el ánimo bajo, se justifica el consumo porque “no hace daño a nadie”. Pero hay alarmas que merecen atención: si alguien deja de quedar, si se enfada cuando no puede beber o tomar pastillas, si ya no disfruta de lo que antes le hacía ilusión, si su economía se desordena, si evita hablar de cómo está, si duerme mal y se apaga por dentro. A veces la primera pista es una frase sencilla: “No me apetece nada”.

Por eso este texto no es solo para quien lo lee: es para su entorno. Para ti, que quizá piensas en esa vecina que antes bajaba a la plaza y ahora ya no. Para ese tío que se jubiló y dejó de salir. Para esa madre que se quedó viuda y se ha ido cerrando. Para ese amigo que, sin decirlo, parece que está perdiendo el norte. Revisar nuestros contactos, llamar, quedar para un café, proponer un paseo por Gandia o una actividad en La Safor… puede ser más importante de lo que creemos. A veces, una conversación a tiempo cambia un rumbo.

En la Associació Mosaic, acompañamos procesos de recuperación y reinserción, también cuando la soledad, el duelo o la jubilación se convierten en terreno sensible. Y lo hacemos con algo que nunca falla: presencia, comunidad y segundas oportunidades. Si te preocupa alguien cercano, no esperes a que “toque fondo”. Habla, pregunta, escucha. Y si quieres ayudar de verdad, súmate al voluntariado de Mosaic. Porque combatir las adicciones no es solo cosa de quien las sufre: es una tarea colectiva. Y cuando una persona se siente acompañada, la esperanza vuelve a tener sitio.

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